¿Sabías que el estrés duele?

Cuando hablamos del estrés solemos relacionarlo con una enfermedad del plano emocional, pero lo cierto es que este sentimiento de presión está muy relacionado con el dolor. Y es que si alguna vez has sufrido estrés te sonarán síntomas como dificultad para respirar, tensión en los músculos, dolor de mandíbula y corazón acelerado. Sí, el estrés duele. El problema es que actualmente estamos tan acostumbrados a esta sintomatología, y tenemos el estrés tan normalizado, que en ocasiones pasamos por alto este dolor, y se nos olvida que no es normal sentirlo, y que existen técnicas que pueden ayudarnos a combatirlo.

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Pero, qué es el estrés y por qué el estrés duele

Tal y como explica nuestra psicóloga Patricia Megías, podemos definir el estrés como “la movilización de los recursos energéticos del organismo para dar respuesta a una urgencia. Para que una vez se ha atendido, podamos volver a un estado de reposo físico y emocional, podamos volver a entrar en calma”.

Por lo que el estrés en sí mismo no es algo negativo, ni tampoco positivo en sí mismo, simplemente es una reacción de nuestro cuerpo cuando tenemos que atender un asunto inmediato, algo que nos parece desafiante. Pero, ¿Qué pasa cuando tenemos demasiados obstáculos y asuntos que resolver a la vez, en un tiempo inmediato? Estamos haciendo que la urgencia se vuelva cotidianidad, en lugar de reservar una reacción de estrés a momentos muy puntuales.

A día de hoy, tanto niños como adultos llenamos nuestras agendas de actividades y necesidades insatisfechas. Esto es lo que hace que poco a poco el estrés vaya haciendo mella en el cuerpo. Es entonces cuando el estrés duele: Las cervicales empiezan a hacerse de notar, el lumbago no tarda en apretar, el cuello nos impide movernos con naturalidad y los ojos pesan. Todo esto son señales de que nos estamos sobrecargando de tareas que aprisionan nuestra mente hasta hacer que respirar con normalidad sea todo un reto.

La importancia de ‘no hacer nada’

Muchos de nosotros estamos familiarizados con la sensación de no saber permanecer “quietos” sin hacer nada que no sea “de provecho”. Pero se nos olvida que no hay nada más provechoso que dar aire a nuestro cuerpo y a nuestra mente; alejarnos del estrés. Saber parar permite a nuestros músculos relajarse y a nuestra mente abrirse, algo fundamental para seguir con las tareas cotidianas, manteniendo el dolor del estrés y su peso, bajo control.

La terapia anti-estrés:

  1. Exploración de causas: Un terapeuta puede ayudarte a identificar las fuentes subyacentes de estrés y trabajar en soluciones.
  2. Desarrollo de habilidades de afrontamiento: La terapia puede enseñarte habilidades prácticas para enfrentar el estrés de manera más efectiva, como la resolución de problemas y la gestión del tiempo.
  3. Apoyo emocional: Hablar con un profesional proporciona un espacio seguro para expresar emociones y recibir apoyo, lo que puede ser especialmente valioso en momentos de estrés. Puede ser como ese soplo de aire del que hablábamos, un momento en el que saber parar.
  4. Cambios de patrones de pensamiento: La terapia cognitivo-conductual puede ayudarte a identificar y cambiar patrones de pensamiento negativos que contribuyen al estrés crónico.
  5. Fomentar la autoconciencia: Entender mejor tus propias reacciones al estrés puede ser el primer paso para abordarlo de manera más efectiva.
  6. Prevención de recaídas: La terapia no solo aborda el estrés actual, sino que también puede ayudar a prevenir la recurrencia al brindarte herramientas para manejar situaciones futuras de manera más saludable.

Conclusión

¿Has experimentado que el estrés duele? Si tu cuerpo te está mandando señales, te animamos a saber parar para atenderlas como merecen.

La gestión del estrés no es igual en todo el mundo, siendo necesario habitualmente una combinación de estrategias.

Foto de Luis Villasmil en Unsplash