Días de tormenta, días de atravesar el duelo.

Laura Rodríguez Pérez

Hay días en los que sol brilla más que nunca. Salimos a la calle a disfrutar de esos rayitos de sol, esa buena temperatura, y esos bonitos atardeceres. Días que no queremos que acaben nunca. Y también hay días de tormentas, de esas en las que parece que el cielo se va a caer y el mundo se va a acabar. Esas que por mucho que intentes correr a refugiarte de ellas, te empapan hasta el alma. De esas que dan miedo pero que a la vez quedas perplejo con ellas. Y llueve, llueve mucho, durante horas y horas, sin parar. El frío empieza a calarte hasta los huesos y parece que ese día nunca va a acabar. Así que te encoges y empiezas a convivir con la lluvia, los truenos y el frío.

Hasta que, sin darte cuenta, dejas de escuchar la lluvia, los truenos, y dejas de sentir tanto frío. Decides asomarte a ver qué ha pasado y ves como empiezan a disiparse las nubes y se empiezan a ver algunos rayitos de sol.

Piensas que toda esa tormenta habrá dejado grandes daños, y sí, es probable que haya dejado algún destrozo por su paso, pero también puedes observar algún arcoíris y, con los días, ves como los destrozos se van reparando, el césped está más verde y han surgido algunas flores nuevas. Entonces, el día, y la vida, dejan de ser tan grises y vuelven a tomar un poco de color.

Lo mismo pasa con los sentimientos y el alma.

A veces hay instantes, luchas, problemas o incluso personas que nos desbordan de sentimientos, sintiéndolos hasta lo más profundo de nuestra alma. Te calan tan profundo que solo quieres que pasen, pero no puedes hacer nada más al respecto que estar y esperar. Hasta que un día te das cuenta que ha pasado, el alma ya no duele, e incluso sientes que hay cosas que han cambiado dentro de ti, cosas que ahora son más bonitas.

No hay tormentas eternas, así que quédate, empápate y, cuando pase, sal a ver el arcoíris y las nuevas flores.

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