Lo sagrado de la infancia

Patricia Megías García, Directora de Neurohábilis, Psicología y Salud Emocional. Coordinadora área Psicoterapia Infantil-Familiar.

En el momento de nuestro nacimiento, no hay palabras, ni ideas, ni conceptos. Nuestra llegada al mundo está cargada de sensaciones, olores y tactos; de corporalidad y contacto. Es por esto que nuestras primeras memorias no pueden ser evocadas por el lenguaje, mas están impresas en nuestro cuerpo. Llegamos al mundo sin un yo definido, sumergidos en un nosotros que no atiende a fronteras psicológicas. El cuerpo físico se separa del ambiente por el órgano de la piel. El cuerpo mental aún está sin frontera ni filtro.

Este es el tesoro y la pureza de la infancia, que el ser por entero está desplegado sin reservas. La infancia del ser-humano es sin duda la infancia más larga dentro de toda la familia de mamíferos que habitamos este planeta. De hecho, necesitaremos muchos años para valernos por nosotras mismas; es decir, conformarnos como individuos diferenciados, con personalidad propia para poder reflexionar sobre lo que hemos aprendido, tener auto-crítica y buscar nuevas rutas por las que andar. Durante todo ese tiempo, la infancia es tener unos ojos nuevos llenos de asombro con los que mirar y una mente-esponja que absorbe todo lo que ve.

Se nos olvida con frecuencia que desde que nacemos estamos completas, enteras, sin nada que haya que añadir para que seamos perfectas. Sin embargo, y esta otra de las condiciones de ser-humano, para sentirnos completas y perfectamente válidas necesitamos de la mirada del otro. Y aquí radica la importancia de cuidar cómo miramos a nuestros hijos, hijas, a nuestros alumnos y pacientitos. Como entendemos nuestro papel con los niños y niñas que nos rodean, porque dependiendo de cómo sea esta mirada es que ellos van a aprender a verse también.

No es nada difícil de entender. Si mamá mira con cariño mi asombro ante el mundo: soy valiosísimo. Si mamá mira con prisa y exigencia mi manera de explorar el mundo: no soy lo suficientemente válido. Porque como decíamos, para el niño no existe un yo diferenciado de la mirada de los adultos que conforman su mundo y lo sostienen. Cuidemos y reflexionemos sobre la edad sagrada que implica la infancia. Cuidemos dejar una herencia lo más limpia posible de juicios, para que el ser espontáneo, auténtico y completo que ya somos, ocupe su lugar.

Foto de MI PHAM en Unsplash

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